20 Aug 2026
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Usamos WhatsApp, hacemos transferencias, compramos en línea, trabajamos desde aplicaciones, guardamos archivos en la nube y vemos contenidos desde cualquier lugar.
La experiencia hace que Internet parezca casi invisible.
Pero no lo es.
El terremoto de magnitud 7,4 registrado en Colombia el 10 de agosto de 2026 dejó una consecuencia menos visible que los daños en edificios, carreteras y otras estructuras: también produjo afectaciones importantes sobre las telecomunicaciones en varias regiones del país.
El Servicio Geológico Colombiano confirmó que el movimiento tuvo epicentro en San José del Palmar, Chocó, a una profundidad de 103 kilómetros, y lo calificó como el evento sísmico de mayor magnitud registrado en Colombia durante el siglo XXI.
El impacto sobre las comunicaciones dejó una enseñanza tecnológica importante:
la economía digital también depende de infraestructura física.
Cuando una persona abre una aplicación, normalmente solo ve una pantalla.
Es fácil imaginar que la información simplemente viaja hacia “la nube”.
Sin embargo, para que un mensaje llegue desde un celular hasta un servidor pueden intervenir antenas, estaciones base, routers, switches, redes de fibra óptica, sistemas eléctricos, centros de datos y múltiples redes de telecomunicaciones conectadas entre sí.
La Internet Society considera precisamente la disponibilidad de infraestructura física como uno de los componentes fundamentales de la resiliencia de Internet. Cloudflare también explica que routers, switches, cableado y centros de datos forman parte de la infraestructura que permite transportar información entre redes.
Por eso hablar de “la nube” puede resultar engañoso si lo interpretamos como algo completamente separado del mundo físico.
Los servidores están en edificios.
Las antenas necesitan energía.
La fibra atraviesa ciudades y territorios.
Los centros de datos necesitan electricidad, refrigeración y conectividad.
Y nuestros teléfonos necesitan una red disponible para comunicarse con todo lo anterior.
El mismo día del sismo, el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones activó su Plan de Contingencia Sectorial.
MinTIC informó que su Centro de Monitoreo e Inspección de los Servicios de Comunicaciones empezó a hacer seguimiento permanente de las redes y que el objetivo del plan era apoyar la continuidad de las comunicaciones, la conectividad y los servicios digitales esenciales en las zonas potencialmente afectadas.
Posteriormente, medios nacionales y especializados difundieron un consolidado atribuido a MinTIC que daba una dimensión mucho más clara del problema.
En uno de esos cortes se reportaron 3.403 estaciones base indisponibles de 7.379 analizadas en siete departamentos, equivalente a una afectación agregada aproximada del 46,1 %.
Es importante entender ese dato correctamente.
No significa que el 46,1 % de toda la red móvil colombiana hubiera dejado de funcionar.
El porcentaje correspondía al conjunto de estaciones analizadas en siete departamentos afectados durante ese corte de información.
Dentro de esos territorios existían además diferencias importantes.
Risaralda registraba una indisponibilidad reportada del 77 %, Valle del Cauca del 57,8 % y Quindío del 44,3 %.
Una red móvil no depende solamente de que una antena permanezca en pie.
Existen varias capas que deben funcionar simultáneamente.
Las estaciones de telecomunicaciones requieren electricidad.
Muchas cuentan con sistemas de respaldo, baterías o generación alternativa, pero estos sistemas tienen límites y también dependen de logística, combustible, autonomía y acceso físico.
Una interrupción prolongada del suministro eléctrico puede terminar afectando estaciones que inicialmente continuaron funcionando.
Fibra, equipos de transmisión, estaciones base, enlaces y otras instalaciones pueden sufrir daños directos o indirectos.
Un problema en un punto de la red también puede afectar servicios ubicados mucho más lejos si ese punto forma parte de una ruta importante para transportar tráfico.
Existe otro problema que no requiere que nada se rompa.
Miles de personas intentan comunicarse simultáneamente después de una emergencia.
Llamadas, mensajes, videos, fotografías y consultas empiezan a competir por una capacidad de red limitada.
Operadores reportaron durante la emergencia una combinación de interrupciones eléctricas, daños físicos y aumentos extraordinarios en la demanda de comunicaciones.
Esto ayuda a entender por qué una red puede degradarse incluso cuando parte de su infraestructura continúa operativa.
No necesariamente.
Esta diferencia es importante.
Imaginemos que una aplicación colombiana utiliza servidores alojados en un centro de datos que continúa funcionando normalmente.
El servidor está disponible.
La base de datos está disponible.
La aplicación técnicamente está en línea.
Pero una persona ubicada en una zona afectada puede no lograr utilizarla porque su teléfono no consigue conectarse correctamente a Internet.
El problema puede estar en la red de acceso, no en el servicio remoto.
También puede ocurrir lo contrario: una persona puede tener conectividad, pero el servicio que intenta utilizar puede estar experimentando una falla en otra parte de la cadena.
Por eso un servicio digital depende de múltiples componentes.
De forma simplificada:
dispositivo → red móvil o fija → operador → redes de transporte → Internet → centro de datos → aplicación
Que uno de estos elementos siga funcionando no garantiza que los demás también lo hagan.
El terremoto no solamente deja preguntas para empresas de telecomunicaciones.
También debería generar conversaciones dentro de startups, bancos digitales, ecommerce, plataformas gubernamentales, empresas de software y equipos que diseñan productos digitales en Colombia.
En desarrollo de software solemos hablar de disponibilidad pensando en servidores, bases de datos o proveedores de nube.
Pero para una persona usuaria, disponibilidad significa algo mucho más sencillo:
¿puedo utilizar el servicio cuando lo necesito?
Una plataforma puede reportar 99,9 % de disponibilidad en su infraestructura y, aun así, ser inaccesible para miles de personas si existe un problema importante en las redes que las conectan con ella.
La experiencia digital depende de toda la cadena.
Muchas aplicaciones y páginas se diseñan bajo una suposición implícita:
Internet será rápido y estable.
Eso no siempre ocurre en Colombia, incluso sin una emergencia.
Y durante una crisis, esa suposición puede convertirse en un problema.
Un producto preparado para conexiones degradadas puede incorporar decisiones como:
No todas estas características son necesarias en todos los productos.
Pero deberían formar parte de la conversación cuando el servicio es importante para las personas.
Pensemos en algo cotidiano: hacer una transferencia desde el celular.
Para la persona usuaria parece una acción completamente digital.
Abre la aplicación.
Digita un valor.
Confirma.
Y el dinero aparece en otra cuenta.
Pero para que esa experiencia ocurra, primero debe existir conectividad.
El dispositivo debe comunicarse con la red.
La red debe transportar la solicitud.
Los sistemas de autenticación deben responder.
Los servidores deben estar disponibles.
Las bases de datos deben procesar la operación.
Y después la respuesta debe recorrer nuevamente la infraestructura hasta el teléfono.
Lo mismo sucede con:
La interfaz es apenas la capa visible.
Que la tecnología dependa de infraestructura física no significa que digitalizar procesos sea un error.
Al contrario.
Los canales digitales pueden permitir que muchas actividades continúen cuando un punto físico no está disponible.
Una sucursal puede cerrar mientras una aplicación sigue funcionando.
Un equipo puede perder acceso a una oficina y continuar comunicándose remotamente.
Una persona puede consultar información oficial sin desplazarse.
Un sistema digital puede distribuir información simultáneamente a miles de usuarios.
La clave está en entender que digitalización y resiliencia no son sinónimos automáticos.
Digitalizar crea nuevas posibilidades, pero también nuevas dependencias.
Y esas dependencias deben entenderse.
Un sistema resiliente no es aquel que nunca falla.
Ese objetivo es prácticamente imposible.
Resiliencia significa que un sistema pueda enfrentar problemas, degradarse de forma controlada y recuperar su funcionamiento.
En Internet esto implica, entre otras cosas, disponer de rutas alternativas, infraestructura diversa y capacidad para recuperar conectividad después de una interrupción.
A nivel de un producto digital, la misma lógica puede traducirse en preguntas como:
No porque debamos esperar una catástrofe.
Sino porque todos los sistemas eventualmente enfrentan interrupciones.
Una emergencia de este tipo recuerda otra realidad colombiana.
La calidad de la conectividad no es homogénea.
Hay personas con fibra óptica, múltiples operadores disponibles y buena cobertura móvil.
Hay otras cuyo acceso depende de una sola red, una sola antena cercana o infraestructura con menos alternativas.
Cuando una parte de esa infraestructura falla, el impacto no es igual para todos.
Por eso la resiliencia digital de un país también depende de cuánto logra diversificar y fortalecer su infraestructura en los territorios.
Una economía cada vez más digital necesita que esa infraestructura no esté concentrada solamente donde resulta más rentable desplegarla.
Cuando hablamos de innovación solemos pensar inmediatamente en inteligencia artificial, software, startups o nuevos dispositivos.
Pero una parte esencial de la tecnología de un país ocurre mucho más abajo.
En las redes.
En las antenas.
En la fibra.
En los sistemas eléctricos.
En los centros de datos.
En los equipos que monitorean infraestructura.
En los protocolos que permiten reaccionar ante una falla.
El hecho de que MinTIC activara un plan sectorial específicamente para proteger la continuidad de las comunicaciones y los servicios digitales muestra precisamente la importancia que estas redes tienen durante una emergencia.
La infraestructura tecnológica no solo permitió comunicar.
También ayudó a comprender el propio evento.
El Servicio Geológico Colombiano informó que más de 12.000 personas de alrededor de 900 centros poblados reportaron haber sentido el sismo mediante su herramienta Sismo Sentido.
El SGC explica que estos reportes permiten realizar estimaciones rápidas de los efectos del sismo y aportan información para organismos de emergencia e investigaciones posteriores.
Ahí aparece otra dimensión de la tecnología:
infraestructura física + sensores + comunicaciones + datos ciudadanos + análisis.
Esa combinación permite convertir miles de observaciones distribuidas por el territorio en información útil.
Es un tema que merece su propio análisis.
El terremoto del 10 de agosto dejó consecuencias mucho más importantes que una discusión sobre Internet.
Hay comunidades afectadas, infraestructura dañada y procesos de recuperación que todavía continúan.
Pero desde la tecnología existe una lección que vale la pena entender.
Nuestra vida digital puede sentirse intangible, pero está construida sobre una enorme infraestructura física.
Cuando enviamos un mensaje, hacemos una transferencia, abrimos una página o utilizamos una aplicación, estamos utilizando una cadena de sistemas que atraviesa dispositivos, antenas, redes, energía y centros de datos.
Normalmente no pensamos en ellos porque funcionan.
Un evento extremo hace visibles esas dependencias.
Y quizá esa sea una de las conversaciones tecnológicas que Colombia debería tener después de esta emergencia:
no solamente cómo digitalizamos más cosas, sino cómo construimos una infraestructura digital capaz de seguir funcionando —o recuperarse rápidamente— cuando las condiciones dejan de ser normales.